11 oct. 2014

-7.

Le oí reír en el desagüe de mi corazón, en el amargo recuerdo de las esperanzas. Le hice un té a sus mechones oscuros y despeinados, y acaricié una vez más (por última vez) la tempestad de sus inquietos ojos que desataban vorágines. Ascendí por su fachada desde sus pies, besé con la mirada cada esquina de su cuerpo, navegué sus adentros sin avisar siquiera. Bailé un vals en sus costillas con el recuerdo de sus brazos al rededor de mi cuerpo, subí hasta su corazón y dejé allí mi huella, mi marca, mi bandera blanca. Rocé sus clavículas con las puntas de mis dedos casi imperceptiblemente y noté su escalofrío como notas musicales recorriéndole. Cerré los ojos y resonaron en su garganta, pálida y fría. Llegué a su cabeza y me metí de lleno en ella, sin defensa. Y siendo frágil (y estúpida) volé sobre cada milímetro de su mente, dejando mi olor allá por donde yo pisaba. Abracé sus ojos con delicadeza para no salpicar su belleza con mi tristeza, y conté de uno en uno sus lunares, estudiando sus detalles, perfecciones e imperfecciones. Dejé sus labios como última parada de mi extraño (pero fantástico) viaje, e hice de ellos la pista de baile más delicada y compleja. Sus labios tomaron a los míos por la cintura y yo seguí el juego posando mis invisibles manos en su inexistente omóplato (benditos omóplatos). Fue un vals infinito, hermoso, completo. Sonaba Bach a nuestras espaldas mientras nosotros éramos los bailarines más improvisados y perfectos del mundo. No sé cuánto duró aquello, no sé siquiera si acabó. Pero sí sé que aquel día dejé caer mi corazón al abismo de sus ojos (cuántas veces lo habré dicho), y que desde aquel momento mis días están condenados (de infinita belleza).

22 sept. 2014

Sé.

Hay algunas cosas que sé. Sé que ella es un poco "la chica sin rostro"; que todavía no la conoces, pero ya estás perdidamente enamorada de ella. Puede darle la vuelta a todo, y volverlo a dejar en su sitio. Sé, también, que las hojas de algunos árboles se caen en otoño porque piensan que no son lo suficientemente bonitas, y que otras lo harán mejor. Sé que, aunque nos hayan prometido que sólo se trata de respirar, es algo mucho más complejo que eso y que, todo lo que pueda ir a peor, irá. Pero también sé que hay luz entre la densa e impenetrable oscuridad, que aunque parezca todo perdido, está ahí la maldita esperanza. (Esperando a que nos demos cuenta de que está ahí.) También sé que intentar olvidarla es igual que pretender secarse con un papel mojado, que algunos amaneceres son más tristes que otros y que la lluvia no siempre cae de la misma forma. Sé que, qué demonios, sé que cada pequeña parte de mí podría ir contra la peor marea de todas sólo con tal de poder ver su piel pálida de invierno, cuando parece que la tocas y se va a romper. Sé cosas que preferiría no haber sabido y cosas sin las que no podría vivir. Pero también sé que si le hablaran de mí no sabría quién soy, sé que si algún día leyera todo lo que le he escrito pensaría que estoy loca.

Y, bueno, quizá lo esté por ella.

13 ago. 2014

Marina.

Marina no es una princesa del norte, Marina no es esa persona que quiere conocer todo el mundo. A Marina le gustaría que le escribiera algo, me lo ha dicho. A mí me gusta su nombre, no sé si alguna vez se lo he confesado, pero me recuerda a la primavera. No sé cómo es Marina, no sé si es tranquila o nerviosa, no sé si es risueña o triste. Pero sé que Marina es exclusiva. Sé que cuando Marina pasea por la calle, la gente la mira preguntándose qué pasará detrás de esos ojos traviesos y qué misterios guardarán sus rizos, sueltos, que vuelan con la brisa. Sé que si yo coincidiera en alguna calle con Marina, me quedaría embobada mirándola hasta que ella se diera cuenta. Sé que entonces Marina se reiría y me abrazaría. (Debe dar los abrazos más cálidos del mundo). Me muero por conocer profundamente a Marina, navegar por las aguas turbias y claras de su mente, conocer cada uno de sus secretos, cada una de sus manías. No sé cómo conocí a Marina, no sé por qué la vida me obsequió con ello, con ella. Pero cuando la conocí no se llamaba Marina, se llamaba Olivia. Olivia era sólo un reflejo de Marina. Olivia era divertida, era atrayente, pero sólo era una parte de Marina. Marina era mucho más. Marina me dio esperanza, sin saberlo, me hizo saber que no todo era cenizas, que era posible resurgir aunque no se tuvieran fuerzas. Marina me enseñó muchas cosas, muchas más cosas de lo que ella cree. Antes de saber de Marina, yo era simple, común, y se me confundía con la niebla, pero cada día que pasa, creo que se me pega algo de la personalidad de Marina. O eso creo. O eso me gustaría. Todavía recuerdo la primera vez que oí su voz, creo que a ella no le gusta demasiado, pero yo creo que es música. También recuerdo la primera vez que la vi, no sé qué pensará ella de su aspecto, pero yo creo que es arte. Una vez leí que el arte no tenía por qué ser bonito, que el arte tenía que hacerte sentir algo. Marina hace sentir vida, Marina es exactamente una pieza que debería estar en todos los puzzles, Marina es esa tarde lluviosa en la que sólo te apetece leer. Además, Marina tiene los rasgos más bonitos del mundo. Marina es belleza. A menudo se la confunde en un cielo estrellado, salvo porque ella no brilla. Marina es capaz de hacer que la luna se incline ante ella, sin que lo sepa, por la alegría de su risa, y es capaz de hacer que la luna llore por ella, cuando se le inundan los ojos. Algún día me gustaría que Marina me enseñara a ser como ella, pero no me gustaría ser como ella. Quiero seguir escribiéndole cosas que hagan que sonría, que hagan que ilumine Madrid de una punta a otra. Quiero seguir escuchando su voz y viendo sus acantilados, sus llanuras, sus prados. Quiero seguir siendo un peón en la vida de Marina, y quiero que ella siga siendo tal y como es. Quiero que siga siendo arte. Quiero que siga siendo Marina. Quiero que siga siendo sarcástica, orgullosa y quejica. Quiero que siga sonriendo porque no sé si hay algo más bonito que su sonrisa. Marina, en definitiva, es ese cuadro que no puedes dejar de mirar y que no sabes por qué. Es esa canción que escuchas una y otra vez. Todavía no sé si me gustaría que Marina supiera todo esto, pero me gustaría que lo tuviera en cuenta. Las estrellas saben cómo brillan, Marina debería saber todo esto, debería conocerse.