1 oct. 2015

Pura

Te veo por el rabillo del ojo
y esta mañana no puedes estar más guapa,
con toda esa pereza pegada a las pestañas
y el aire somnoliento que te traes entre los labios,
te miro y pienso
joder, qué suerte tengo de estar aquí:
a
tu
lado,
y sentir que ya te has convertido en mi hogar.

Te confesaré algo:
a veces me despierto sólo para mirarte,
dormida,
eternamente tranquila y plácida,
y alguna vez se me ha ido la mano
y ha acabado en tu mejilla,
posándose como un pájaro en su nido:
en su hogar.

Tú no lo sabías entonces,
pero yo ya escribía sobre tus párpados
cuando me dijiste que nunca querrías
enamorarte de un poeta,
y mira ahora,
tú ahí tumbada,
preciosa y hecha un desastre por dentro,
y yo, poeta,
a cinco milímetros de ti.

Yo te arrastré al caos
y tú fuiste tormenta.

Sin embargo, me gusta cuando duermes
y estás ausente,
estás en ti y no en el mundo,
y entonces eres una canción triste perfecta
y yo soy quien te baila.
Con los labios, cuando hablo;
o incluso con las pestañas, cuando pestañeo;
ahí, entre cierre y cierre:
estás tú: pura.

Tan pura como tu misma.

Y esto pasa antes de que despiertes,
después,
y durante.
Te veo ahí y no puedes estar más guapa
porque no estarías aquí
porque serías demasiado para esta pobre poeta,
porque tus brazos serían de alguien más
y tus labios llorarían por otros ojos.

27 sept. 2015

Qué bonito destino aquel en el que ella está dibujada.

Su pelo era todo libres decisiones.

Y yo decidí.

Decidí hacer esperar a la piel
y colocarme con el verde de sus ojos un ratito más,
para ver qué pasaba si jugaba a morderme
a mil kilómetros de distancia
de su corazón marchito y su alma muda,
de sus traspiés de sus manos rotas,
de sus caricias de alguien, no mías.

Intenté beber de su misma copa.

Y sin embargo, no me enorgullezco,
no esperé.
No esperé a verla dormida y calmada
para desatar otra tormenta sin límites
y cortar las palabras, acabar con la belleza,
tirar apostando todas sin tener ninguna
y seguir muriendo por ser flor
y que me toquen las yemas de sus dedos.

Cruzar el fuego pensando en sus manos.

Matar y morir y vivir queriendo ser
en sus propios zapatos y en esas clavículas
más afiladas que las propias espinas,
respirar.
Aunque sea en un sofá rajado y con
su nuca como puerto.

Si mi destino son sus recetas veganas,
sus zapatillas pintadas y sus libros de playa,
sus brazos, sus vestidos, sus labios pintados;
sus calaveras, su pelo sin forma cierta.

Qué bonito destino aquel en el que ella está dibujada.

23 jun. 2015

Era pequeña, delicada, etérea y muy silenciosa. Tendía a tener fuegos artificiales en la garganta y un verdadero temporal en el pecho, y vestía como si necesitara gritar por la piel.

Nunca me hubiera fijado en ella.

Juraría que sus costillas tenían la mejor acústica de toda la ciudad y que en sus dedos había algo oculto. Ella nunca lo afirmaría, pero yo sé que cuando ella se mueve, todo se queda quieto un instante. Podría haberme quedado en su pelo todo el invierno y haberla explorado y, sin embargo, seguiría siendo un misterio.

A veces hablábamos de música, y entonces ella se soltaba el pelo y su belleza se ponía de pie. Hablaba como si supiera que todas las musas de todos los poetas la envidiaban y que se morían por sus párpados. Fui afortunada por verla reír y haber oído su respiración entrecortada.

(Pero yo fui con intención de no enamorarme. Já.)


Parecía que no supiera que a cada paso hacía poesía y que por las noches, cuando dormía, la luna se inclinaba porque sabía que su piel bajo la luz de la luna era cristal. Tenía a todas las lluvias del mundo a su favor y podría haber hecho al mismísimo cielo llorar, si hubiera querido. Aunque ella era más noche de verano que tarde de otoño, y siempre, siempre, siempre sonreía. Incluso cuando no lo hacía.


Sería vulgar compararla con la brisa, pero espero que me perdone. Iba y venía y siempre era distinta aunque siempre, en el fondo, era la misma dulce melodía que ojalá pudiera haber escuchado más tiempo.


Me atrapó sin pensárselo dos veces, y yo la quise.


Acabaría con un final, pero incluso ahora que hace ya mucho tiempo que decidió ser la musa de otro poeta, sigo enamorándome de ella día tras día. Por la noche, cuando no puedo dormir, siento que la luna me susurra su nombre y que la piel se me eriza aún sabiendo que está a besos de distancia y que no me importaría romperla con ella. Sé que es inútil seguir queriéndola, pero ella fueron los besos que no di mejor gastados de mi vida, y volvería a sonrojarme a su lado y a dar todos los pasos que haga falta que me acerquen a ella.


La quise.


Culpable.

10 jun. 2015

Hablemos.
Sin tristes paralelismos de por medio ni inútiles metáforas que intenten adornar lo caótico e inevitable de la vida.
Desnudos verbalmente.
Desnudos como quien se arranca la poesía de la piel y se cuela la sangre con la esperanza de encontrar alivio. Como si hubiera algún alivio en medio de la guerra, como si las golondrinas y todas las demás aves fueran a cambiar el rumbo de su vuelo, como si las cosas fueran a cambiar sólo porque tú y yo seamos así, tú y yo.
Hablemos porque sino me pondré a pensar y todo esto ya se habrá acabado. Y ahí ni la poesía, ni la música, ni todas las golondrinas del mundo ayudan.
Ayudar es un verbo complicado.
Y no soy capaz de encontrar otra postura salvo la que te da la espalda, y la que llora en las esquinas porque las lágrimas queman delante de otras miradas, porque mis muros siguen derrumbándose y en mis ojos algo está inquieto.
Así que hablemos.
Y dime qué viste en un tulipán mustio.
Y dime por qué, y por qué si antes me parecías difícil de escribir, ahora no me acuerdo de ti ni con música de fondo. Cavaste hondo en mí con tu pequeña cuchara. Y para qué. Yo soy muchísimo más que poesía y, aún así, no consigo ser algo. Odio reconocer que sacaste lo mejor de mí y que ahora mi infierno está completamente incontrolable.
Pero benditos los segundos que estuve allá arriba, e iba de tu mano. Dichoso momento en el que me besaste y sonreí diciendo que ojalá lo hubieras hecho antes. No negaré que disfruté todos y cada uno de los minutos que pasamos bajo la lluvia el anterior invierno, y todas y cada una de las pisadas con eco en las hojas en otoño. 
Pero sigo dándote la espalda. Si quieres, adelante, pero todavía te quedan muchos muros por derrumbar si quieres llegar a lo más dentro de mí. Inténtalo.
Sería divertido ver cómo lo intentas.
Y cómo fallas. 
Y cómo fracasas.
Y cómo, después de todo, sigo jodida en tus dos grandes lagunas por ojos.

31 may. 2015

Sueño con tocarte.

Tengo
el corazón a prueba de balas,
la cabeza completamente deshecha
y unas cuantas gotas de agua en las costillas.
Tengo la insoportable manía
de romper el silencio con martillos a modo de palabras,
de andar descalza y perderme
y no saber regresar.
Tengo al tiempo como aliado,
por si algún día tengo que esperarte
y los segundos se me clavan por la espalda,
y así nunca olvidarte.
Tengo canciones, música, y muchos poemas;
que la soledad es plenamente lírica,
y aún sueño con tocarte
si es que no lo he hecho todavía.
Tengo mucha tempestad dentro,
y siento como se retuerce y grita,
y esta noche no estás
al otro lado de la cama.
Tengo sueños efímeros y plurales,
que aunque no estés aquí a mi lado
puedo soñar contigo si quiero,
y aunque no quiera.
Tengo todo lo que quiero,
y más,
bien lejos de mí,
donde no puedo alcanzarte.
Tengo una melodía en la cabeza,
al lado del recuerdo de tu voz diciendo
quédate
y todas las veces que caí.
Tengo el comienzo de nuestra historia,
pero no el final si no estás aquí;
que todo esto empieza a arderme,
y yo no puedo soportar el frío.

30 may. 2015

-0

Muere,
y lo escribo en pequeñito para que la desgracia sólo sea mía,
y mis gigantes no se den cuenta.
Que ya no gritan,
ni susurran,
ni miran,
ni nada que implique un plural.
Que se pasan las vidas;
y les gusta el café amargo
como rutina diaria,
que tragan espinas y luego me las escupen.
Que son lo nublado de los domingos,
la lluvia de por las noches
y todos los suspensos posibles.
Todo lo que quepa,
por favor,
aquí dentro;
que todavía no estamos al 100% de desgracias,
y que si eso nos hace explotar,
sería más que un favor;
y le deberíamos la vida.
Que esto no tiene sentido
y las lágrimas ya se han convertido en granizo.
Que ya no la música,
ni los libros,
ni las películas
están en plural,
sino que ahora es un singular deprimido y solo.
O quizá no solo,
pero sí muy, muy deprimido.
Y todavía no sé,
cómo yo,
torpe y negada,
y no mis gigantes.

11 abr. 2015

A media voz.

En mi defensa diré que fueron sus ojos, y no los míos. Que me atrapó con las manos desnudas a tiempo récord y que no se lo pensó dos veces antes de besarme; que me quiso. Que cautivó a todas mis mariposas e hizo bailar a la mismísima música bajo el granizo (y que sólo se resbaló para que yo la levantara). Que me echó de menos cuando dejé ser los segundos y que se enamoró de Chopin para ponerme celosa. Que me tocó una nocturna sólo para que sonriera y algo la tocara dentro y pudiera sentirlo. Que me leyó a Cortázar en suspiros, y en plural, para que cupiéramos las dos en la poesía. Que fue mi musa durante muchas noches en vela (sin velas, porque ella temía al fuego, aún siéndolo). Que, bueno, yo también me enamoré de ella, pero quién no lo haría. Que fue todas mis fotos en color y sonriendo, y que ahora vivo en blanco y negro, y que eso también tiene su parte de poesía. Que la quiero a, ante, bajo, con y contra ella. Que me enfrentaría a la marea y a la lluvia, pero no a ella, porque he descubierto el placer de mirarla desde las esquinas y de recitarle poesía a media voz con la mirada. Que, puede resultar contradictorio, pero la quiero aún en sus días de carácter volátil (que son sus días más poéticos). Que tiene la voz más meliflua de todas las voces escuchadas, y que yo la escucho cada día. Que no necesita bailar acompañada para resultar preciosa, que ella sola es música, y no lo sabe. Que es etérea, delicada, pequeña y dulce. Y, aunque a la vez es efímera, habla con una elocuencia infinita. Que la quiero, a media voz o a gritos, con música de fondo o sin ella. Que a quién le importa si la sigo esperando en la estación como si viniera en el próximo tren, si total nadie me espera cuando truena, o trueno, o ambas. Que es bonita aún cuando camina descalza y sonámbula por la habitación, y yo le cojo la mano y la conduzco a la cama. Que parece sacada de otra época cada vez que ríe. Que es esa clase de persona que usa la palabra serendipia y que entiende la fuerza de las palabras. Que en mi defensa diré que no soy nada, desde que no soy ella.

5 feb. 2015

Hemisferio norte.

(A yo, a ti, a la parte de mí que no vive en mi cuerpo y que tiene otro nombre, apariencia y vida.)

Vengo a hablar de mi superhéroe, de mi hemisferio norte, de mi otra mitad sin la cual no puedo ser.
Llevo tanto tiempo observando sus cejas-casi-juntas que no sé qué sería respirar sin ellas, llevo desde que sólo observaba el mundo con los ojos, analizando cada uno de sus pasos ejemplares. Podría citaros cada una de sus manías y cada uno de sus gustos, podría plasmar su risa en una partitura y aún así no lograría transmitir la hermosa y tranquila armonía. Puedo parecer muy dura y estar derrumbándome por dentro, que sólo él sabrá lo que pasa tras mis ojos inquietos; puedo mentir, y él sabrá la verdad tras un gesto minúsculo de nariz, de oreja o de ceja.
Creo que nunca le he dado un abrazo en condiciones, ni le he dicho gracias, o te quiero, o simplemente me he sentado y sincerado con él. Creo que nunca nos hemos querido con palabras, Sin embargo, lo hacemos cada día. Creo que es la parte más duradera, permanente y verdadera de mi alma. Es capaz de destronarme con una sola mirada defraudada, y es capaz de regalarme el cielo y todas sus estrellas con sólo una risa, una mirada de complicidad, o uno de nuestros momentos.
Es el dueño de todas mis cicatrices curadas y el futuro sanador de todas mis heridas abiertas, que, aunque no lo sepa, es quien me da fuerzas.
Tengo cada uno de nuestros momentos más sagrados y felices grabados a fuego en mi memoria, por si algún día le echo de menos, que le tenga presente. Sé que nuestros caminos están a punto de separarse, pero que seguiremos presentes uno en el otro. Sé que es la parte de mí en la que confío y que nunca dejaré que desaparezca.
Me he imaginado varias veces sin él y ha sido como tener vértigo y querer vomitar, como no quererlo. Quiero que siga conmigo, protegiéndome del mundo porque sabe que soy pequeñita por dentro y que no puedo afrontar todo lo que hay fuera; quiero que siga aquí para estar dispuesto a salir a cualquier hora del día a comprar patatas y a sentarse conmigo en el sofá a ver alguna película que seguramente ya hayamos visto millones de veces. Quiero que siga siendo esa parte de mi vida que por mucho que las cosas se pongan mal, va a estar bien. Quiero que siga siendo mi hermano mayor, mi parte más fuerte. Y todo esto, quiero que siga siendo nuestro.

3 ene. 2015

Nada.

Sólo diré que mis gigantes vuelven a alzarse, que mis puertas se están cerrando de nuevo y que la tormenta es inminente.
Estoy temblando y hace frío en los recuerdos que lloran (que no lloran, soy yo). He vuelto a correr gritando sin que nadie me oyera, he vuelto a apuntarme y a leerme entre líneas; he vuelto a caer sin posibilidad de levantarme.
La veo entre comillas en alguna parte, porque ya no es mía y ahora es de alguien más. He vuelto a tocarla y a sentir sus estrellas, he gritado de nuevo pero no era con ella. Me he buscado y te he buscado, no nos he buscado pero sí al recuerdo del nosotros que ya no existe, que existía y anhelábamos aún cuando lo teníamos.
Estoy sonriendo con sangre en los labios, con las rodillas chocando y los nudillos insensibles, y parece que nadie lo ve. ¿Dónde escondería la carga más pesada, la tristeza más triste y la pérdida más grande (la de uno mismo), si dentro no me cabe? Me paralizan los pies y las manos, caigo y mis dientes muerden el suelo una vez más, no la última pero sí una de tantas. Leo cincuenta y cinco mentiras bien acolchadas que sólo buscan la calidez de unos labios rotos, de un alma corrupta y de unas manos frías. ¿Dónde viviría, y dónde podría sobrevivir? Caigo una vez más, no la última pero sí una de tantas.
Pero, en fin, estoy volviendo a escribir poesía en estaciones de tren, fumando cigarrillos a escondidas y torturándome como si buscara algo que no encuentro. He vuelto a la playa en pleno invierno, he mirado las olas y me he imaginado que el mar son las lágrimas de los poetas imposibles, y he escrito versos de Neruda en la arena. He mirado a las nubes y me he imaginado sus formas, como solíamos hacer cuando jugábamos a querernos (siempre un poco de más).
Lástima que el otoño se hubiera acabado tan pronto, y que la primavera tardara tanto en llegar. Lástima, que las golondrinas de Bécquer volaran tan alto y no pudiera atraparlas. Pero, en fin, es el vacío que nos queda después de habernos consumido, después de haber escupido a la llama y haber muerto. Después de haber reído y dibujado corazones rotos con cada sonrisa. No sé qué nos queda cuando nosotros no nos quedamos porque no existimos y somos polvo y cenizas; cuando somos inútiles ceros a la izquierda de algún estúpido sentimiento muerto (o vivo, pero cansado).