3 ene. 2015

Nada.

Sólo diré que mis gigantes vuelven a alzarse, que mis puertas se están cerrando de nuevo y que la tormenta es inminente.
Estoy temblando y hace frío en los recuerdos que lloran (que no lloran, soy yo). He vuelto a correr gritando sin que nadie me oyera, he vuelto a apuntarme y a leerme entre líneas; he vuelto a caer sin posibilidad de levantarme.
La veo entre comillas en alguna parte, porque ya no es mía y ahora es de alguien más. He vuelto a tocarla y a sentir sus estrellas, he gritado de nuevo pero no era con ella. Me he buscado y te he buscado, no nos he buscado pero sí al recuerdo del nosotros que ya no existe, que existía y anhelábamos aún cuando lo teníamos.
Estoy sonriendo con sangre en los labios, con las rodillas chocando y los nudillos insensibles, y parece que nadie lo ve. ¿Dónde escondería la carga más pesada, la tristeza más triste y la pérdida más grande (la de uno mismo), si dentro no me cabe? Me paralizan los pies y las manos, caigo y mis dientes muerden el suelo una vez más, no la última pero sí una de tantas. Leo cincuenta y cinco mentiras bien acolchadas que sólo buscan la calidez de unos labios rotos, de un alma corrupta y de unas manos frías. ¿Dónde viviría, y dónde podría sobrevivir? Caigo una vez más, no la última pero sí una de tantas.
Pero, en fin, estoy volviendo a escribir poesía en estaciones de tren, fumando cigarrillos a escondidas y torturándome como si buscara algo que no encuentro. He vuelto a la playa en pleno invierno, he mirado las olas y me he imaginado que el mar son las lágrimas de los poetas imposibles, y he escrito versos de Neruda en la arena. He mirado a las nubes y me he imaginado sus formas, como solíamos hacer cuando jugábamos a querernos (siempre un poco de más).
Lástima que el otoño se hubiera acabado tan pronto, y que la primavera tardara tanto en llegar. Lástima, que las golondrinas de Bécquer volaran tan alto y no pudiera atraparlas. Pero, en fin, es el vacío que nos queda después de habernos consumido, después de haber escupido a la llama y haber muerto. Después de haber reído y dibujado corazones rotos con cada sonrisa. No sé qué nos queda cuando nosotros no nos quedamos porque no existimos y somos polvo y cenizas; cuando somos inútiles ceros a la izquierda de algún estúpido sentimiento muerto (o vivo, pero cansado).